martes, 19 de julio de 2011

Sobre Nacimiento

Este es mi primer cuento. Lo escribí en el año 2007. Si bien ha sufrido algunas modificaciones, en términos generales, no lo he cambiado demasiado desde entonces. García Márquez dijo una vez que él publicaba sus novelas para no pasarse la vida corrigiéndolas. Así que decidí hacer este blog para compartir este cuento (entre otros). Espero que les guste.

Primer cuento

Nacimiento

Ismael despertó sin abrir los ojos y alargó el brazo para encender la radio que había en la mesita de noche. Al instante, la voz de locutor inundó el rancho y su perro ladró al otro lado de la puerta del fondo. Eran las cinco de la mañana. Los goznes de la puerta trasera chirriaron cuando el perro la empujó con el hocico para entrar a la casa. El crujido se oyó desde el dormitorio e Ismael pensó en aceitarlos y poner en escuadra el precario marco de madera. Pero desistió; no tenía tiempo para esas cosas.
Se levantó apoyando el brazo en uno de los largueros del catre, caminó hasta la jofaina que había debajo de la ventana y vertió en ella el contenido del aguamanil. Mientras se lavaba, notó que el pie enfermo no le dolía y dejó que la feliz apreciación se le expandiera por el cuerpo y lo colmara con un sereno optimismo.
La voz de Garabenta rebosaba el ambiente y se filtraba por las rendijas de las ventanas de cartón, por los agujeros de las chapas y moría a la intemperie, a pocos metros del rancho. Ismael lo percibía sin escucharlo mientras calentaba los restos de la cena de la noche anterior; un mazacote de fideos recocidos con adobo y sal.
Comió y tragó casi sin masticar unos bocados espesos y tibios, y luego sorbió el tuétano del único puchero que quedaba. Se lo arrojó entonces al perro, aunque estaba ya tan seco y pelado que lo mismo hubiera dado que fuese de plástico.
El sol, que se alejaba del levante a paso veloz, empezaba a entibiar la tierra. Las chapas del techo, como todo lo demás, comenzaban a calentarse y a transpirar, por lo que Ismael y su perro terminaron de desayunar acosados por una lluviecita ligera, que se esparcía despareja por todo el ámbito de la cocina.
Llegó al Centenario antes de la siete, como siempre, pero le extrañó que no lo recibiera la alegre Blanquita, quién todas las mañanas olisqueaba entre sus pies los rastros de su propio perro. Blanquita era la mascota del bar; una perra alba con manchas negras, no más grande que un gato que tenía, como rasgo distintivo, un ojo celeste. Había llegado al almacén una tarde de verano varios años atrás y por mucho tiempo nadie se había molestado en darle un nombre. Tanto es así que cada parroquiano tenía para ella un mote distinto, hasta que el  tamaño y el color señalaron de consuno el que le sería definitivo.
“Una caña de cinco” gritó el Gitano. Era la mañana de la víspera de navidad y el almacén estaba atestado de gentes ansiosas que esperaban, resignadas y con calor, ser atendidas. El bar, que era parte del mismo salón que la despensa, quedaba al fondo y sólo se destacaba de ésta porque un escaparate, que hacía de biombo, lo aislaba en un recuadro diminuto. Había en él un banco laqué para cuatro, sillas y taburetes -distribuidos todos ellos según los ánimos del día- y una mesada de granito pulido. Más acá, un lavabo encastrado en la barra y un ventilador de techo destartalado y sucio, venían a completar el escenario donde Ismael trabajaba doce horas corridas, a pesar de tener años para jubilarse dos veces y de un callo plantar que con el calor y la falta de cuidado se le había vuelto una úlcera que le devoraba, día tras día, la carne del pie izquierdo.
La mañana discurría con celeridad. El murmullo del gentío en el almacén se mezclaba con la gritadera del bar, y la radio, que se prendía para minimizar el bullicio, no hacía otra cosa que volverlo más estridente. En la despensa la gente corría cargando fundas de refrescos, damajuanas, lechones, corderos y fiambres. Y en el bar, y contra la voluntad del propio Ismael, reinaba el mismo espíritu de romería. Los borrachos bailaban y gritaban y cantaban al compás de una alegría que no llegaban a precisar, pero que percibían en el aire. Era un día de esos en los que la vida brotaba en cada rincón, con  cada copa.
A las doce Ismael delegó su quehacer en el bar al Caisa y se marchó al fondo donde se preparaban los asados. Al partir, llenó con vino clarete un vaso mediano y se guardó en el bolsillo de la camisa un cartón con tres cigarrillos. Ya en el fondo, sobre una mesa de madera sin lustrar que había junto a las garrafas del gas, colocó unas cabezas de ajo, un atado de perejil y sacó de su bolso un cuchillo y un viejo trapo de madrás. Después se sentó sobre un cajón de bananas, bebió tres sorbos de vino frío y comenzó la picadera. Cuando terminó de preparar el aderezo, encendió los hornos, aliñó dos espléndidos lechones y los encomendó al fuego.
Se disponía regresar al bar cuando un impulso le hizo cambiar de parecer. Allí había un grato silencio; de la algarabía que se vivía allá adelante no llegaban sino ráfagas distantes. Se sentó sobre el mismo cajón de antes y, con las manos todavía un poco sucias de grasa, encendió un potro de boquilla dorada que le abrió, a la primera calada, un surco en el pecho. Liquidó luego el poso rosado que había en el fondo del vaso y se quedó allí, con el cigarrillo entre los dedos, más viejo que nunca, errando por los derroteros de la memoria. Últimamente sus ideas se perdían en sordas galimatías si algo o alguien no le devolvía la razón al cuerpo.
Y efectivamente, fue el ruido de una botella que estalló en el piso del bar, lo que lo sacó del letargo. Sobresaltado, se puso en pie con un poco de esfuerzo y apuró el tranco de su pie malo para llegar antes de que la trifulca acabara con la cristalería de la barra. Llegó en el momento justo en que un golpe de Ramón se estrellaba en el ojo de don Luis Tosar y hasta alcanzó a ver cómo un hilillo de sangre surgía por debajo de la ceja al tiempo que el párpado se le tornaba gordo y lívido.
¡Quietos!, gritó Ismael desde la puerta. Don Luis Tosar, aturdido por el golpe, se levantó como pudo y se fue a sentar mascullando una puteada que no llegó a pronunciar. Ramón en cambio se acercó a la barra con la intención de explicar lo que había sucedido. Pero Ismael tenía la orden del Caisa de no apañar líos de borrachos y lo echó sin dejarle siquiera abrir la boca.
Después del mediodía la despensa quedaba desierta y apenas los parroquianos más fieles permanecían en el bar. El horario habitual corría siempre de ocho a una y de cuatro a diez, excepto en los días previos a la navidad y al año nuevo, en los que el Caisa prefería no cerrar.
Ismael almorzó una rodaja de salame picado grueso con la mitad un pan francés y un tomate mal lavado y sin sal. Se sirvió otro clarete y se acomodó en el banco laqué junto al Porteño. ¿Y vos?, le espetó este último. Ismael no contestó y el silencio se atenazó. Traeme otra, musitó para molestarlo. Pero al ver que Ismael seguía indiferente, remató en un grito: ¡Traeme otra carajo!
Un viento caliente resopló en el interior del salón. Afuera el cielo se había encapotado y amenazaba con una lluvia inminente. ¡Porteño!, avisó Ismael mientras dejaba la copa sobre la barra. ¡Carajo! Va a llover, lo ignoró éste. Ismael se sentó en un taburete, esta vez detrás de la barra, y mientras bebía su vino sintió como el cielo se desplomaba en un sólido aguacero.
El calor del pavimento evaporó las primeras gotas e hizo que el aire adquiriera una consistencia espesa. El crepitar de la lluvia en el techo, la humedad y el calor, sumieron a Ismael en una especie de duermevela bobalicona que desde hacía tiempo había sustituido al sueño verdadero. Pensó en Blanquita que, curiosamente, no buscó refugio en el bar. Pero estaba demasiado cansado para concentrarse en una idea concreta y la imagen de la perra se le extravió en un recodo del pensamiento.




El Caisa -negro, petiso y rechoncho- parecía, visto de lejos, un gran sapo cururú. “Más que Caisa, Cacique” solía bromear con ironía, aunque sin malicia, un bancario que vivía a media cuadra del almacén. Y aunque el Caisa no entendía bien el porqué del comentario sabía que lo de cacique tenía algo que ver con el color de su pie, por lo que se devanaba la sesera buscando adjetivos y motes para ridiculizarlo a su vez. Claro que esta forma infantil de revanchismo nunca daba pie en bola y todo lo que conseguía con su falta de tacto y tontos exabruptos, era perder clientes.
Por esa época no obstante, no tenía fuerzas en el ánimo para semejantes vaivenes. Todo lo que quería era trabajar y exprimir las ganancias del comercio. Sin embargo, esa fiebre lo traía tan extenuado y maltrecho que por las noches ya casi no podía ni dormir. Así que el mediodía de vísperas, cuando el trabajo se redujo y la lluvia arreció, subió al dormitorio, cerró las ventanas -aunque por precaución dejó la puerta entornada- y se acostó a hacer la siesta. Minutos después habría de saltar de allí.
Al principio, fue algo leve y sutil; un aroma tibio y montaraz, como de piña tostada, se coló por la abertura. Él la percibió en el fragor de sus ronquidos pero eso no lo despertó pues, para preservarse a sí mismo de los estímulos externos, el sueño se encargó de ensamblarlo con el resto del acontecer onírico. El problema sobrevino cuando este tenue aroma a pinos se fue intensificando de tal modo, que las cuencas de los ojos se le inflamaron con lágrimas y sufrió una apnea. Despertó de un salto y vio el dormitorio rebosante de una fumatilla blanca. Incrédulo y desconcertado, no tanto por el humo como por haberse dormido con semejante pesadez, bajó las escaleras como un bólido.
Pispeó en el bar y en el almacén y al constatar que allí no había nadie más que el Porteño, siguió rumbo al fondo. Cuando llegó, encontró los hornos envueltos en una bruma negriazul tan espesa, que casi no podía distinguir uno del otro. Con un trapo de madrás que encontró sobre la mesa, cerró las válvulas del gas y abrió la puerta del fogón: adentro, dos lechones completamente carbonizados escupían por el lomo unas llamitas anaranjadas. “¡¿Dónde mierda se metió Ismael?!” renegó perturbado, mientras sacaba la bandeja, mucho más ligera ahora de lo que fuera cuando la dejara el viejo.
La despensa estaba al garete así que el Caisa volvió enseguida. Abrió las  ventanas y encendió el ventilador para disipar la humareda. Entonces vio al Porteño que dormitaba la curda tendido a lo largo del banco laqué, y recordó que ya lo había visto. Intentó despertarlo para averiguar qué era de Ismael, pero no pudo contra los efectos sedativos de la caña. No le quedó más que  plantarse en el almacén a esperar que volviera el viejo.
La lluvia no había sido más que un chubasco de quince minutos y cuando escampó el calor volvió a ser insoportable. El sol reverberaba con un brillo que hería los ojos en el agua empozada en la calle y la vereda. El Caisa se sirvió un amargo de hierbas con hielo porque tenía la garganta reseca por el humo, pero más que nada por la bronca, y se encendió un cigarrillo. Se sentó detrás de la registradora con el vaso en la mano y la calculadora enfrente. Veinte kilos de lechón a razón de noventa pesos por kilo, eran mil ochocientos pesos. ¡Casi dos mil pesos quemados en el horno!, razonó. Ahora sí estaba furioso. Iba a tener que vender más de cincuenta casilleros de cerveza si quería recuperar el costo de los lechones. Una empresa imposible ya esa altura -en el depósito no había más que treinta y cinco, cuarenta a lo sumo-. Se llevó el cigarrillo a la boca y vio que le temblaba la mano.
Media hora después el almacén y el bar habían vuelto a colmarse de gente y el Caisa, que ya no podía con los dos, corría de un mostrador a otro con graciosos brinquitos de sapo. Se quedó de una pieza sin embargo, cuando vio aparecer al viejo Ismael con el paso rengo y la cabeza entre los hombros. Mantuvo la compostura -quería evitar un escándalo delante de los clientes- y se limitó a observarlo con los ojos entrecerrados y centelleantes. Gesto inútil por otra parte pues Ismael lo ignoró de plano. Fue hasta el rincón donde solía dejar el bolso, lo recogió sin decir nada, y como entró, salió.
El desconcierto del Caisa fue entonces mayor que su enojo. ¿Te vas viejo... y a esta hora?, gritó el Porteño sin saber que estaba sucediendo, pues despertaba en momento y todo lo que vio fue que Ismael se marchaba despacio con el bolso en la mano. Los clientes más antiguos, que conocían al cantinero porque trabajaba allí desde que el Centenario pertenecía al padre del Caisa, presenciaron la escena atónitos.




Ramón llegaba al Centenario antes que la leche, y en algunas ocasiones, incluso antes que el pan. Pero ese tiempo que trascurría entre su llegada y el momento en que el negocio abría, le roía los nervios. La mayoría de las veces era tanta su impaciencia que timbraba en la casa particular, y si nadie contestaba, en lugar de desistir, rodeaba la esquina y arremetía contra la ventana del dormitorio con cascotillos de hormigón. Al Caisa, que era hombre de levantarse con cara de mala noche, estas atribuciones no le caían en gracia pero el caso es que, como Ramón era siempre el primero en llegar, su presencia resultaba de  utilidad a la hora de sacar los pizarrones de las ofertas,  ubicar los cajones con las frutas, desplegar el toldo o en cualquier otra faena de ocasión que surgiera a esa hora de la mañana; tareas todas éstas por las que recibía una copita de caña, a veces dos.
A partir de ese momento a Ramón ya no le temblaban las manos y podía hablar sin agitarse. Entonces, con la confianza que le infundía este primer copetín, como lo llamaba él, salía por el barrio a hacerse de algunas monedas para no tener que pedir de favor los tragos el resto del día; y en esto era implacable. Porque ese flaco cuarentón, de talante histriónico y picaresco, si bien no sabía leer ni los carteles de la calle, era un actor sin tapujos. Y a pesar de que los vecinos ya no caían en ninguna de sus pequeñas estafas, él siempre se las revolvía para volver con algún duro en el bolsillo.
Pero ese día era víspera de navidad. Ramón no necesitaba valerse de ninguno de estos trucos para tener el vaso bien servido. Estaba exultante; su vozarrón era la batuta que orquestaba el griterío y los silencios y por momentos hasta se ponía a bailar al vaivén de algún bandoneón con una mano en lo alto y la otra cruzada sobre el vientre por lo que, entre risas y chanzas, la mañana se fue casi sin notas. Al mediodía sin embargo, se desató la bacanal.
Don Luis Tosar, bestial y torpe como la pezuña de una vaca, se levantó para ir al baño una, dos, tres veces; pero a  cada intento, le siguió un retroceso al mismo lugar de partida. A la cuarta, fue tal el envión que realizó para incorporarse que excedió la fuerza, se fue de lado, tropezó con la pierna del Gitano y cayó con todo su peso sobre las espaldas de Ramón. En el desmán volteó una botella y dos vasos y volaron hasta la despensa los taburetes que estaban en el camino. Ramón reaccionó sin pensar con un golpe de puño cerrado que fue a dar, por azar o instinto, a la altura del ojo. Don Luis Tosar se levantó apoyándose en los hombros de los otros parroquianos y fue a sentarse cabizbajo y derrotado, más que por su rival, por su torpeza incurable. “¡Quietos!” gritó Ismael, que venía llegando.
Ramón salió del almacén y se fue calleabajo silbando despreocupadamente. Al llegar la esquina se topó con Galeano, el herrero, que iba entrando a su casa con una amoladora bajo el brazo y lo increpó: ¿No me da una mano con esta cama Ramón? Parece que va a llover. Ramón miró el cielo y vio unos nubarrones violetas que se movían de un modo extraño y se apresuró a ayudarlo. Acomodaron los respaldos y la parrilla en el galpón y cuando terminaron, Galeano lo invitó con unas galletas y una copa de caña fría.
El herrero, aburrido de sí mismo y del ruido de los fierros en el yunque, aprovechó la compañía para conversar un poco. Pero Ramón, que nada más quería beber su trago, no se molestó en escucharlo sino hasta que el nombre de Blanquita surgió en la conversación: … a la desgraciada la agarraron los perros del Porteño y la destrozaron. Está tirada allí -señaló con la mano- en el baldío de la esquina. Ramón le pidió que le enseñara el lugar pues el solar era enorme pero como aún llovía, el herrero no se molestó siquiera en responderle.
Igual ya debe estar muerta, concluyó como para sí mismo. Ramón se marchó sin terminar su trago y apareció en el almacén dos minutos después. Ismael, que dormitaba sentado en un taburete detrás de la barra, se incorporó alarmado.
La lluvia arreciaba y el agua se encharcaba en los altos pastizales del baldío; aún así, no tardaron en encontrarla. Yacía Blanquita en el rincón más alejado de la calle: el vientre abierto de par en par; las entrañas a un costado, fuera del cuerpo. Pero no estaba muerta. Ismael se agachó para que percibiera su presencia. Ella lo reconoció y soltó un gemido. Entonces él le acarició la cabeza y comprendió que lo que la mantenía con vida era el deseo de no morir en soledad y en un acto de clemencia, la sacó de su agonía.
La lluvia cesó. Ramón volvió a lo del herrero, que ya estaba sacando del galpón la herramienta para seguir trabajando, y le pidió una pala. La enterraron entre los dos y después se miraron sin saber qué hacer. Del fondo de la casa del Caisa salía un humo blanco que se arremolinaba entre los fresnos de la vereda. Ismael recordó los lechones y se dijo a sí mismo en un susurro que Ramón apenas escuchó “¡Mierda!”.

El Caisa subió al dormitorio con dos cervezas heladas y una bandeja con especialidades de pan de miga. Acomodó el pequeño ágape sobre una mesa plegable frente a la ventana y luego la abrió para observar los petardos de colores. Mientras deslizaba los postigos, éstos barrieron del alféizar unos cascotillos de hormigón que cayeron al piso, y pensó en Ramón. Entonces recordó el altercado de la tarde y un vacío semejante a la nostalgia se le coló en el ánimo.
En el rancho de Ismael en cambio la noche parecía haberse tragado al tiempo. Su perro, apostado en el quicio de la puerta trasesa, montaba su eterna guardia nocturna. Ismael, arrebujado en su catre, despierto aún, se consagraba al recuerdo de Blanquita sumido en un pesado silencio pero le costaba trabajo sostener la cordura del pensamiento. Entonces relajó los músculos del cuello en la almohada y cerró los ojos. Sabía que la mañana siguiente por fin aceitaría las bisagras de la puerta del fondo.