Capítulos prescindibles
martes, 19 de julio de 2011
Sobre Nacimiento
Este es mi primer cuento. Lo escribí en el año 2007. Si bien ha sufrido algunas modificaciones, en términos generales, no lo he cambiado demasiado desde entonces. García Márquez dijo una vez que él publicaba sus novelas para no pasarse la vida corrigiéndolas. Así que decidí hacer este blog para compartir este cuento (entre otros). Espero que les guste.
Primer cuento
Nacimiento
Ismael despertó sin abrir los ojos y alargó el brazo para encender la radio que había en la mesita de noche. Al instante, la voz de locutor inundó el rancho y su perro ladró al otro lado de la puerta del fondo. Eran las cinco de la mañana. Los goznes de la puerta trasera chirriaron cuando el perro la empujó con el hocico para entrar a la casa. El crujido se oyó desde el dormitorio e Ismael pensó en aceitarlos y poner en escuadra el precario marco de madera. Pero desistió; no tenía tiempo para esas cosas.
Se levantó apoyando el brazo en uno de los largueros del catre, caminó hasta la jofaina que había debajo de la ventana y vertió en ella el contenido del aguamanil. Mientras se lavaba, notó que el pie enfermo no le dolía y dejó que la feliz apreciación se le expandiera por el cuerpo y lo colmara con un sereno optimismo.
La voz de Garabenta rebosaba el ambiente y se filtraba por las rendijas de las ventanas de cartón, por los agujeros de las chapas y moría a la intemperie, a pocos metros del rancho. Ismael lo percibía sin escucharlo mientras calentaba los restos de la cena de la noche anterior; un mazacote de fideos recocidos con adobo y sal.
Comió y tragó casi sin masticar unos bocados espesos y tibios, y luego sorbió el tuétano del único puchero que quedaba. Se lo arrojó entonces al perro, aunque estaba ya tan seco y pelado que lo mismo hubiera dado que fuese de plástico.
El sol, que se alejaba del levante a paso veloz, empezaba a entibiar la tierra. Las chapas del techo, como todo lo demás, comenzaban a calentarse y a transpirar, por lo que Ismael y su perro terminaron de desayunar acosados por una lluviecita ligera, que se esparcía despareja por todo el ámbito de la cocina.
Llegó al Centenario antes de la siete, como siempre, pero le extrañó que no lo recibiera la alegre Blanquita, quién todas las mañanas olisqueaba entre sus pies los rastros de su propio perro. Blanquita era la mascota del bar; una perra alba con manchas negras, no más grande que un gato que tenía, como rasgo distintivo, un ojo celeste. Había llegado al almacén una tarde de verano varios años atrás y por mucho tiempo nadie se había molestado en darle un nombre. Tanto es así que cada parroquiano tenía para ella un mote distinto, hasta que el tamaño y el color señalaron de consuno el que le sería definitivo.
“Una caña de cinco” gritó el Gitano. Era la mañana de la víspera de navidad y el almacén estaba atestado de gentes ansiosas que esperaban, resignadas y con calor, ser atendidas. El bar, que era parte del mismo salón que la despensa, quedaba al fondo y sólo se destacaba de ésta porque un escaparate, que hacía de biombo, lo aislaba en un recuadro diminuto. Había en él un banco laqué para cuatro, sillas y taburetes -distribuidos todos ellos según los ánimos del día- y una mesada de granito pulido. Más acá, un lavabo encastrado en la barra y un ventilador de techo destartalado y sucio, venían a completar el escenario donde Ismael trabajaba doce horas corridas, a pesar de tener años para jubilarse dos veces y de un callo plantar que con el calor y la falta de cuidado se le había vuelto una úlcera que le devoraba, día tras día, la carne del pie izquierdo.
La mañana discurría con celeridad. El murmullo del gentío en el almacén se mezclaba con la gritadera del bar, y la radio, que se prendía para minimizar el bullicio, no hacía otra cosa que volverlo más estridente. En la despensa la gente corría cargando fundas de refrescos, damajuanas, lechones, corderos y fiambres. Y en el bar, y contra la voluntad del propio Ismael, reinaba el mismo espíritu de romería. Los borrachos bailaban y gritaban y cantaban al compás de una alegría que no llegaban a precisar, pero que percibían en el aire. Era un día de esos en los que la vida brotaba en cada rincón, con cada copa.
A las doce Ismael delegó su quehacer en el bar al Caisa y se marchó al fondo donde se preparaban los asados. Al partir, llenó con vino clarete un vaso mediano y se guardó en el bolsillo de la camisa un cartón con tres cigarrillos. Ya en el fondo, sobre una mesa de madera sin lustrar que había junto a las garrafas del gas, colocó unas cabezas de ajo, un atado de perejil y sacó de su bolso un cuchillo y un viejo trapo de madrás. Después se sentó sobre un cajón de bananas, bebió tres sorbos de vino frío y comenzó la picadera. Cuando terminó de preparar el aderezo, encendió los hornos, aliñó dos espléndidos lechones y los encomendó al fuego.
Se disponía regresar al bar cuando un impulso le hizo cambiar de parecer. Allí había un grato silencio; de la algarabía que se vivía allá adelante no llegaban sino ráfagas distantes. Se sentó sobre el mismo cajón de antes y, con las manos todavía un poco sucias de grasa, encendió un potro de boquilla dorada que le abrió, a la primera calada, un surco en el pecho. Liquidó luego el poso rosado que había en el fondo del vaso y se quedó allí, con el cigarrillo entre los dedos, más viejo que nunca, errando por los derroteros de la memoria. Últimamente sus ideas se perdían en sordas galimatías si algo o alguien no le devolvía la razón al cuerpo.
Y efectivamente, fue el ruido de una botella que estalló en el piso del bar, lo que lo sacó del letargo. Sobresaltado, se puso en pie con un poco de esfuerzo y apuró el tranco de su pie malo para llegar antes de que la trifulca acabara con la cristalería de la barra. Llegó en el momento justo en que un golpe de Ramón se estrellaba en el ojo de don Luis Tosar y hasta alcanzó a ver cómo un hilillo de sangre surgía por debajo de la ceja al tiempo que el párpado se le tornaba gordo y lívido.
¡Quietos!, gritó Ismael desde la puerta. Don Luis Tosar, aturdido por el golpe, se levantó como pudo y se fue a sentar mascullando una puteada que no llegó a pronunciar. Ramón en cambio se acercó a la barra con la intención de explicar lo que había sucedido. Pero Ismael tenía la orden del Caisa de no apañar líos de borrachos y lo echó sin dejarle siquiera abrir la boca.
Después del mediodía la despensa quedaba desierta y apenas los parroquianos más fieles permanecían en el bar. El horario habitual corría siempre de ocho a una y de cuatro a diez, excepto en los días previos a la navidad y al año nuevo, en los que el Caisa prefería no cerrar.
Ismael almorzó una rodaja de salame picado grueso con la mitad un pan francés y un tomate mal lavado y sin sal. Se sirvió otro clarete y se acomodó en el banco laqué junto al Porteño. ¿Y vos?, le espetó este último. Ismael no contestó y el silencio se atenazó. Traeme otra, musitó para molestarlo. Pero al ver que Ismael seguía indiferente, remató en un grito: ¡Traeme otra carajo!
Un viento caliente resopló en el interior del salón. Afuera el cielo se había encapotado y amenazaba con una lluvia inminente. ¡Porteño!, avisó Ismael mientras dejaba la copa sobre la barra. ¡Carajo! Va a llover, lo ignoró éste. Ismael se sentó en un taburete, esta vez detrás de la barra, y mientras bebía su vino sintió como el cielo se desplomaba en un sólido aguacero.
El calor del pavimento evaporó las primeras gotas e hizo que el aire adquiriera una consistencia espesa. El crepitar de la lluvia en el techo, la humedad y el calor, sumieron a Ismael en una especie de duermevela bobalicona que desde hacía tiempo había sustituido al sueño verdadero. Pensó en Blanquita que, curiosamente, no buscó refugio en el bar. Pero estaba demasiado cansado para concentrarse en una idea concreta y la imagen de la perra se le extravió en un recodo del pensamiento.
El Caisa -negro, petiso y rechoncho- parecía, visto de lejos, un gran sapo cururú. “Más que Caisa, Cacique” solía bromear con ironía, aunque sin malicia, un bancario que vivía a media cuadra del almacén. Y aunque el Caisa no entendía bien el porqué del comentario sabía que lo de cacique tenía algo que ver con el color de su pie, por lo que se devanaba la sesera buscando adjetivos y motes para ridiculizarlo a su vez. Claro que esta forma infantil de revanchismo nunca daba pie en bola y todo lo que conseguía con su falta de tacto y tontos exabruptos, era perder clientes.
El Caisa -negro, petiso y rechoncho- parecía, visto de lejos, un gran sapo cururú. “Más que Caisa, Cacique” solía bromear con ironía, aunque sin malicia, un bancario que vivía a media cuadra del almacén. Y aunque el Caisa no entendía bien el porqué del comentario sabía que lo de cacique tenía algo que ver con el color de su pie, por lo que se devanaba la sesera buscando adjetivos y motes para ridiculizarlo a su vez. Claro que esta forma infantil de revanchismo nunca daba pie en bola y todo lo que conseguía con su falta de tacto y tontos exabruptos, era perder clientes.
Por esa época no obstante, no tenía fuerzas en el ánimo para semejantes vaivenes. Todo lo que quería era trabajar y exprimir las ganancias del comercio. Sin embargo, esa fiebre lo traía tan extenuado y maltrecho que por las noches ya casi no podía ni dormir. Así que el mediodía de vísperas, cuando el trabajo se redujo y la lluvia arreció, subió al dormitorio, cerró las ventanas -aunque por precaución dejó la puerta entornada- y se acostó a hacer la siesta. Minutos después habría de saltar de allí.
Al principio, fue algo leve y sutil; un aroma tibio y montaraz, como de piña tostada, se coló por la abertura. Él la percibió en el fragor de sus ronquidos pero eso no lo despertó pues, para preservarse a sí mismo de los estímulos externos, el sueño se encargó de ensamblarlo con el resto del acontecer onírico. El problema sobrevino cuando este tenue aroma a pinos se fue intensificando de tal modo, que las cuencas de los ojos se le inflamaron con lágrimas y sufrió una apnea. Despertó de un salto y vio el dormitorio rebosante de una fumatilla blanca. Incrédulo y desconcertado, no tanto por el humo como por haberse dormido con semejante pesadez, bajó las escaleras como un bólido.
Pispeó en el bar y en el almacén y al constatar que allí no había nadie más que el Porteño, siguió rumbo al fondo. Cuando llegó, encontró los hornos envueltos en una bruma negriazul tan espesa, que casi no podía distinguir uno del otro. Con un trapo de madrás que encontró sobre la mesa, cerró las válvulas del gas y abrió la puerta del fogón: adentro, dos lechones completamente carbonizados escupían por el lomo unas llamitas anaranjadas. “¡¿Dónde mierda se metió Ismael?!” renegó perturbado, mientras sacaba la bandeja, mucho más ligera ahora de lo que fuera cuando la dejara el viejo.
La despensa estaba al garete así que el Caisa volvió enseguida. Abrió las ventanas y encendió el ventilador para disipar la humareda. Entonces vio al Porteño que dormitaba la curda tendido a lo largo del banco laqué, y recordó que ya lo había visto. Intentó despertarlo para averiguar qué era de Ismael, pero no pudo contra los efectos sedativos de la caña. No le quedó más que plantarse en el almacén a esperar que volviera el viejo.
La lluvia no había sido más que un chubasco de quince minutos y cuando escampó el calor volvió a ser insoportable. El sol reverberaba con un brillo que hería los ojos en el agua empozada en la calle y la vereda. El Caisa se sirvió un amargo de hierbas con hielo porque tenía la garganta reseca por el humo, pero más que nada por la bronca, y se encendió un cigarrillo. Se sentó detrás de la registradora con el vaso en la mano y la calculadora enfrente. Veinte kilos de lechón a razón de noventa pesos por kilo, eran mil ochocientos pesos. ¡Casi dos mil pesos quemados en el horno!, razonó. Ahora sí estaba furioso. Iba a tener que vender más de cincuenta casilleros de cerveza si quería recuperar el costo de los lechones. Una empresa imposible ya esa altura -en el depósito no había más que treinta y cinco, cuarenta a lo sumo-. Se llevó el cigarrillo a la boca y vio que le temblaba la mano.
Media hora después el almacén y el bar habían vuelto a colmarse de gente y el Caisa, que ya no podía con los dos, corría de un mostrador a otro con graciosos brinquitos de sapo. Se quedó de una pieza sin embargo, cuando vio aparecer al viejo Ismael con el paso rengo y la cabeza entre los hombros. Mantuvo la compostura -quería evitar un escándalo delante de los clientes- y se limitó a observarlo con los ojos entrecerrados y centelleantes. Gesto inútil por otra parte pues Ismael lo ignoró de plano. Fue hasta el rincón donde solía dejar el bolso, lo recogió sin decir nada, y como entró, salió.
El desconcierto del Caisa fue entonces mayor que su enojo. ¿Te vas viejo... y a esta hora?, gritó el Porteño sin saber que estaba sucediendo, pues despertaba en momento y todo lo que vio fue que Ismael se marchaba despacio con el bolso en la mano. Los clientes más antiguos, que conocían al cantinero porque trabajaba allí desde que el Centenario pertenecía al padre del Caisa, presenciaron la escena atónitos.
Ramón llegaba al Centenario antes que la leche, y en algunas ocasiones, incluso antes que el pan. Pero ese tiempo que trascurría entre su llegada y el momento en que el negocio abría, le roía los nervios. La mayoría de las veces era tanta su impaciencia que timbraba en la casa particular, y si nadie contestaba, en lugar de desistir, rodeaba la esquina y arremetía contra la ventana del dormitorio con cascotillos de hormigón. Al Caisa, que era hombre de levantarse con cara de mala noche, estas atribuciones no le caían en gracia pero el caso es que, como Ramón era siempre el primero en llegar, su presencia resultaba de utilidad a la hora de sacar los pizarrones de las ofertas, ubicar los cajones con las frutas, desplegar el toldo o en cualquier otra faena de ocasión que surgiera a esa hora de la mañana; tareas todas éstas por las que recibía una copita de caña, a veces dos.
A partir de ese momento a Ramón ya no le temblaban las manos y podía hablar sin agitarse. Entonces, con la confianza que le infundía este primer copetín, como lo llamaba él, salía por el barrio a hacerse de algunas monedas para no tener que pedir de favor los tragos el resto del día; y en esto era implacable. Porque ese flaco cuarentón, de talante histriónico y picaresco, si bien no sabía leer ni los carteles de la calle, era un actor sin tapujos. Y a pesar de que los vecinos ya no caían en ninguna de sus pequeñas estafas, él siempre se las revolvía para volver con algún duro en el bolsillo.
Pero ese día era víspera de navidad. Ramón no necesitaba valerse de ninguno de estos trucos para tener el vaso bien servido. Estaba exultante; su vozarrón era la batuta que orquestaba el griterío y los silencios y por momentos hasta se ponía a bailar al vaivén de algún bandoneón con una mano en lo alto y la otra cruzada sobre el vientre por lo que, entre risas y chanzas, la mañana se fue casi sin notas. Al mediodía sin embargo, se desató la bacanal.
Don Luis Tosar, bestial y torpe como la pezuña de una vaca, se levantó para ir al baño una, dos, tres veces; pero a cada intento, le siguió un retroceso al mismo lugar de partida. A la cuarta, fue tal el envión que realizó para incorporarse que excedió la fuerza, se fue de lado, tropezó con la pierna del Gitano y cayó con todo su peso sobre las espaldas de Ramón. En el desmán volteó una botella y dos vasos y volaron hasta la despensa los taburetes que estaban en el camino. Ramón reaccionó sin pensar con un golpe de puño cerrado que fue a dar, por azar o instinto, a la altura del ojo. Don Luis Tosar se levantó apoyándose en los hombros de los otros parroquianos y fue a sentarse cabizbajo y derrotado, más que por su rival, por su torpeza incurable. “¡Quietos!” gritó Ismael, que venía llegando.
Ramón salió del almacén y se fue calleabajo silbando despreocupadamente. Al llegar la esquina se topó con Galeano, el herrero, que iba entrando a su casa con una amoladora bajo el brazo y lo increpó: ¿No me da una mano con esta cama Ramón? Parece que va a llover. Ramón miró el cielo y vio unos nubarrones violetas que se movían de un modo extraño y se apresuró a ayudarlo. Acomodaron los respaldos y la parrilla en el galpón y cuando terminaron, Galeano lo invitó con unas galletas y una copa de caña fría.
El herrero, aburrido de sí mismo y del ruido de los fierros en el yunque, aprovechó la compañía para conversar un poco. Pero Ramón, que nada más quería beber su trago, no se molestó en escucharlo sino hasta que el nombre de Blanquita surgió en la conversación: … a la desgraciada la agarraron los perros del Porteño y la destrozaron. Está tirada allí -señaló con la mano- en el baldío de la esquina. Ramón le pidió que le enseñara el lugar pues el solar era enorme pero como aún llovía, el herrero no se molestó siquiera en responderle.
Igual ya debe estar muerta, concluyó como para sí mismo. Ramón se marchó sin terminar su trago y apareció en el almacén dos minutos después. Ismael, que dormitaba sentado en un taburete detrás de la barra, se incorporó alarmado.
La lluvia arreciaba y el agua se encharcaba en los altos pastizales del baldío; aún así, no tardaron en encontrarla. Yacía Blanquita en el rincón más alejado de la calle: el vientre abierto de par en par; las entrañas a un costado, fuera del cuerpo. Pero no estaba muerta. Ismael se agachó para que percibiera su presencia. Ella lo reconoció y soltó un gemido. Entonces él le acarició la cabeza y comprendió que lo que la mantenía con vida era el deseo de no morir en soledad y en un acto de clemencia, la sacó de su agonía.
La lluvia cesó. Ramón volvió a lo del herrero, que ya estaba sacando del galpón la herramienta para seguir trabajando, y le pidió una pala. La enterraron entre los dos y después se miraron sin saber qué hacer. Del fondo de la casa del Caisa salía un humo blanco que se arremolinaba entre los fresnos de la vereda. Ismael recordó los lechones y se dijo a sí mismo en un susurro que Ramón apenas escuchó “¡Mierda!”.
El Caisa subió al dormitorio con dos cervezas heladas y una bandeja con especialidades de pan de miga. Acomodó el pequeño ágape sobre una mesa plegable frente a la ventana y luego la abrió para observar los petardos de colores. Mientras deslizaba los postigos, éstos barrieron del alféizar unos cascotillos de hormigón que cayeron al piso, y pensó en Ramón. Entonces recordó el altercado de la tarde y un vacío semejante a la nostalgia se le coló en el ánimo.
En el rancho de Ismael en cambio la noche parecía haberse tragado al tiempo. Su perro, apostado en el quicio de la puerta trasesa, montaba su eterna guardia nocturna. Ismael, arrebujado en su catre, despierto aún, se consagraba al recuerdo de Blanquita sumido en un pesado silencio pero le costaba trabajo sostener la cordura del pensamiento. Entonces relajó los músculos del cuello en la almohada y cerró los ojos. Sabía que la mañana siguiente por fin aceitaría las bisagras de la puerta del fondo.
miércoles, 29 de junio de 2011
Segundo Cuento
La Chacra
José Montero era conocido en la zona de Zanjas Coloradas por sus jugarretas y artimañas de viejo lobo, pero más aún por su escaso amor al trabajo duro. En el fondo era bonachón y dadivoso, aunque algo tímido, pero cuando se pasaba de copas, la lengua se le soltaba y los pensamientos se le iban en tropel como vengándose del silencio al que los tenía condenados cuando se encontraba sobrio y sólo entonces uno podía ver cuánta agua corría debajo de esa serena superficie. “Esa es una piedra que no da jugo m’hijo” solía decir mi padre, cada vez que Montero se emborrachaba y se negaba a pagar lo que gastaba en el boliche. Sin embargo, más allá de todo, recuerdo como una de las épocas más dulces de mi infancia el tiempo en que éste fue capataz en la chacra de da Silva y yo su ayudante.
Desde que salía de la escuela hasta que caía la noche, pasábame yo las horas allí: si había que regar, ayudaba a llevar el agua desde el pozo hasta la quinta; cuando era hora del maíz para las gallinas, lo arrojaba a través del tejido para después encerrarlas en el gallinero; y cuando nada quedaba por hacer, Montero me dejaba montar en pelo en una de las yeguas, por lo general la tubiana, que era la más mansa. A veces, al caer la tardecita tomábamos mate hasta que la noche cerraba el cielo.
La chacra, que como dije pertenecía a da Silva, quedaba a escasos metros del boliche de mi padre atravesando en diagonal el campo de Mattos, que era el que lindaba con nuestra propiedad. Era en realidad uno de los lotes de quince hectáreas que resultaron del fraccionamiento de lo que otrora fuera una gran casaquinta con una casona de estilo colonial al frente, árboles frutales, un bosque y un arroyuelo que la cerraba por el fondo. Pero muerto el dueño, los hijos lotearon el predio en pequeñas parcelas y las vendieron en pocos meses a un precio irrisorio. La que adquirió da Silva correspondía al predio más lejano a la carretera; esquinada, según la rosa de los vientos, al sur este y cercada, por detrás, por la parte más fina del arroyo Tacurú. Por su ubicación era el menos costoso de los lotes ya que para llegar hasta allí había que cruzar una maraña de vegetación que se extendía sin tregua por más de medio kilómetro.
Durante las primeras semanas, después de cerrado el negocio, da Silva concentró sus esfuerzos en el desbrozamiento de esos ochocientos metros de terreno para poder construir, antes que nada, un camino que comunicara su tierra con la carretera. Para esto trajo a los dos mejores clientes del bar-almacén que tenía en la ciudad, quiénes trabajaban a razón del equivalente a dos botellas de cañablanca por jornada y también a Norma, su mujer. Aunque antes de comenzar, tuvo a bien construir para los flamantes peones una caseta de descanso. Les llevó para ello, unas chapas de cinc oxidadas y agujereadas que compró en un remate y unos tablones de pino brasilero que robó de una obra en construcción, un mediodía lluvioso.
El obraje del camino duró dos semanas. Cada día, antes de abrir su despensa, da Silva se levantaba a las cinco para llevar a Norma y aprovechaba el viaje para llevar también las vituallas del día: arroz o fideo, verdura de descarte del día anterior, falda de segunda y un quilo de galleta de campaña. Norma y los borrachines trabajaban a la par desde antes del amanecer para evitar el sol del mediodía, hora a la que hacían un corte. Durante ese tiempo la mujer cocinaba para los tres y mientras esperaban, a la sombra de los pinos que corrían paralelos al camino que estaban haciendo, los peones bebían vino frío que compraban en el boliche de mi padre. Después de almorzar esperaban una hora o dos, hasta que por fin volvían los tres a la tarea. Da Silva regresaba por Norma a eso de las diez, después de cerrar el comercio y a veces traía, según su ánimo, una botella de caña para los dos hombres que permanecían hasta la madrugada sentados en el suelo; el lomo recostado a las chapas de la caseta, bebiendo y escuchando el chillido de un viejo radiotransistor portátil.
Cuando el camino estuvo libre de malezas, arbustos, matorrales y de dos grandes árboles que fueron arrancados de cuajo, da Silva contrató una motoniveladora para aplanar la tierra y al final de ese día la chacra ya no fue un trozo de tierra yerma velado tras el lote del frente, sino un establecimiento: ahora, una calle comunicaba con la ruta, o sea, con el resto del mundo.
Por fin era posible trasladar hasta allí todo tipo de cargas. Fue entonces cuando da Silva contrató un tercer hombre -un albañil de la zona que le debía dinero-, y dio comienzo a la edificación de una recia casa de cinco habitaciones.
Pero enfrentaban ahora un nuevo problema: el agua. Había que acarrear baldes de 20 litros una distancia mayor a trescientos metros -la que había entre el arroyo y el lugar que eligió para la construcción de la vivienda-, por lo que a los tres hombres la mañana se les iba en llenar los tanques de doscientos litros de que disponían. A regañadientes, da Silva hizo las averiguaciones para hacer un pozo de agua semisurgente. Pero descartó la idea ni bien supo el costo del metro cavado. En su lugar, compró dos palas de zapar, un pico y una barreta y puso a los borrachines y al albañil a cavar hasta dar con el agua que sin duda, les aseguraba él, estaba a pocos metros de profundidad. Afortunadamente para todos, da Silva estaba en lo cierto y seis metros más abajo, siete días después, dieron con ella.
Con el agua al alcance de la mano, la construcción de la casa avanzó sin contratiempos y en cinco días los hombres alcanzaron la viga. Ahora sólo restaba una cosa: la techumbre. Da Silva optó por la alternativa más económica, que eran las chapas de cinc, aunque esta vez estuvo dispuesto a comprarlas en una ferretería. No obstante, para compensar semejante gasto, decidió ahorrarse el costo de la madera. El bosque de rectos eucaliptos, que pertenecía a otro de los lotes, aledaños al suyo por supuesto, estaba aún inhabitado y da Silva no manifestó el menor embargo en mandar a los borrachines con un par de hachas a conseguir la materia de sus tirantes. Después de techar la casa, la blanquearon por dentro y por fuera con dos manos de cal cruda, empotraron los marcos de las aperturas, colocaron las ventanas y la única puerta -que daba al salón- que remataron con un gran candado de bronce.El albañil que había contratado da Silva había trabajado más días de lo que habían convenido -el contrato consistía en un jornal diario de ciento cincuenta pesos, con lo que, según da Silva, en diez días quedaba saldada la deuda que éste tenía en el almacén-. Pero la construcción llevó un total de dieciséis jornadas, por lo que ahora era da Silva quien debía abonarle al albañil una suma de casi mil pesos. Fiel a su costumbre empero, el bolichero recitó como un rosario una a una sus penas pecuniarias: de cómo el almacén se había venido a menos, dado que el tiempo no le alcanzaba para ocuparse como Dios manda de tanta actividad. Por lo que, muy a su pesar, se veía obligado a pagarle los honorarios en especias, es decir, con productos de almacén, con lo cual se ahorraba -sea dicho de paso-, alrededor de un treinta por ciento de lo adeudado. Con los borrachines en cambio, la historia era muy otra pues, como no tenían éstos un jornal preestablecido -y mantenerlos afuera no implicaba mayores gastos-, da Silva no tenía de qué preocuparse. Así que antes de devolverlos a la ciudad, les propuso quedarse algunos días más. Ellos aceptaron: en ese tiempo construyeron el gallinero, el corral, cercaron con alambre el predio destinado a la quinta y finalmente, con las maderas que sobraron del techo, improvisaron lo que luego sería el chiquero.
En los meses siguientes da Silva, por primera vez desde que había adquirido la chacra, realizó una verdadera inversión: compró más de cien gallinas ponedoras, tres gallos y una treintena de pollos doble pechuga; se hizo de dos viejas yeguas de carga, un novillo al que bautizaron con el nombre de Jorge, una vaca lechera y un ternero mamón; compró una punta de ovejas y algunos carneros y finalmente dos gordas chanchas con su chancho macho.
Ahora bien, con semejante población no podía permitirse el lujo de tener todo aquello a la buena de Dios ni a merced de los linyeras, así que abrió campaña para conseguir un casero, un capataz, un encargado o lo que fuese que saliese más en cuenta y que cumpliera con presteza, todas sus demandas. Montero estaba desempleado desde hacía casi un año y se encontraba por entonces en la mala como nunca antes le había tocado en suerte. Por lo que, ni bien se enteró, y gracias a la intercesión de mi padre, fue a dar en la chacra de da Silva un domingo en que éste había venido con su mujer a pasar el día.
Norma fumaba sentada al pie de una anacahuita y miraba, como ida, el ultrajado bosque de eucaliptos. A su lado estaba da Silva, prendido al lomillo de unas costillitas de oveja; los labios y las manos brillantes. El silencio reinaba entre los dos, aunque una brisa alegre hacía tamborilear las hojas de la vieja anacahuita que los protegía del sol de las dos de la tarde.
Montero se acercó, presentó sus respetos a Norma, saludó a da Silva y se disculpó por la intromisión y por el día y por la hora. Norma apagó el cigarrillo, se excusó y entró en la casa. Montero explicó sus propósitos a da Silva, que aún seguía royendo las costillitas sin pronunciar palabra alguna y después ya no supo qué decir.
Da Silva tiró las costillas al fuego. Se limpió la grasa de la boca y las manos con un trapo sucio y vació de un sorbo, medio vaso de refresco. La negociación sólo duró unos minutos. Fijaron un salario que no hacía felices a ninguno de los dos pero en el que cedían cada uno, tanto terreno como su necesidad lo exigía.
La mañana del día siguiente Montero trasladó sus monos -unas pocas y míseras prendas, unos jarros de lata y otras chucherías de escaso valor- a la caseta de los borrachines y se acomodó a sus anchas: sin duda estaba mejor como peón en su estancia anterior que como capatazdueñoyseñor de este raro establecimiento. Sin embargo, también era cierto que esto era mejor que dormir a la intemperie en la banquina de la calle real, como venía haciendo en los últimos meses y despertar cada mañana con la incertidumbre de si ese sería un día de los buenos, en los que lograría comer alguna cosa, o si sería de los otros.
Pasaron dos meses. Al promediar el otoño se plantó la quinta, se encarneraron las ovejas y se echaron en cría las chanchas. Montero poco a poco fue aprendiendo los gajes de su oficio y aprovechándose de los resquicios que había en las obligaciones. Aprendió a detectar el motor gasolero de la C10 de da Silva varios quilómetros antes de que ésta llegara a la entrada y a mostrarse de lo más ocupado en cuestión de minutos; tan bueno llegó a ser en esto, que era capaz de sudar como una mula en pleno verano, sin hacer para el menor esfuerzo físico. Aprendió también cómo mantener todo ordenado y bajo control con sólo dedicar dos o tres horas del día para tal propósito, lo que le permitía pasarse el resto del tiempo en el boliche de mi padre bebiendo y conversando con los parroquianos sus amigos.
Un lunes por la mañana -habían comenzado las vacaciones de invierno- llegué muy temprano a la chacra; hacía frío y la llanura blanqueaba cubierta de escarcha matutina. Montero se afanaba en tareas que por lo general hacía de manera muy queda, sin ardor ni apuro alguno. Cuando me acerqué, hizo una seña con la cabeza con la que me indicaba que atendiera el cuerpo de casa principal: en efecto, los postigos estaban abiertos y el enorme candado no estaba en su sitio. Pensé que era da Silva y a punto estaba de marcharme cuando Montero dijo bajito: Es Norma, pero está sola.
Decidí quedarme; la presencia de da Silva me incomodaba; Norma en cambio, me era indiferente: la había visto no más de dos o tres veces y jamás habíamos hablado, por lo que no había razón para huir.
La mañana se fue muy rápido, tal vez debido a la gran cantidad de trabajillos a que nos dedicamos. Norma no salió de la casa sino hasta el mediodía, y lo hizo sólo para avisarnos que había preparado un guiso abundante y que nos esperaba para almorzar. Habló desde el quicio de la puerta por lo que su torso, brazos y rostro permanecieron ocultos en la penumbra de la sala.
Antes de entrar a la casa Montero y yo nos aseamos con agua del pozo: teníamos las manos y los brazos negros de tierra y sudor; también el rostro. La mesa ya estaba tendida y servida. Norma nos indicó con un gesto de la mano nuestros asientos; los ojos siempre fijos en el suelo. Recién cuando ocupó su lugar a la mesa y levantó el rostro para pasarnos la panera, pude verla con claridad: tenía el labio superior partido e hinchado y una pequeña excoriación en el pómulo izquierdo; más arriba, el ojo asomaba grueso y oscuro como una ciruela madura. Me quedé anonadado; en el boliche de mi padre había visto hasta el cansancio a los hombres quedar con el rostro y el cuerpo en estados calamitosos después de una gresca, pero nunca se me había ocurrido que las mujeres podían sufrir un estrago similar. Montero, que debió sentirse más incómodo que la propia Norma, hizo un comentario estúpido. La mujer esbozó una sonrisa tenue.
La comida estaba realmente sabrosa y Montero así debió creerlo porque primero venció su timidez y aceptó una segunda servida, y luego venció lo que le quedaba de recato y de respeto por las buenas costumbres y aceptó gustoso una tercera. Norma rió complacida al escuchar por segunda vez, el seco “bueno, si no es molestia”. Pobre mujer, también las encías estaban tenía rotas e hinchadas.
Tras dejar el plato en la mesa encendió un cigarrillo, pidió disculpas y se marchó a fumarlo bajo la galería. Cuando Montero por fin terminó de comer, levantamos la mesa, barrimos las migas y nos retiramos. Norma estaba echada en una poltrona, tenía puestas unos enormes lentes de sol que le cubrían gran parte del rostro y seguía fumando, sin duda, el segundo o tercer cigarrillo desde que encendiera aquél en la cocina.
Creo que se quedó casi toda la semana, no lo recuerdo con exactitud, pero resultó una compañía de todo punto agradable. Al segundo día de estancia en la chacra, su humor comenzó a cambiar o a mejorar, que en su caso era lo mismo, y al verse acompañada de tan buenos y agradecidos comensales sus platos, al igual que su ánimo, comenzaron a volverse cada vez más inspirados y alegres. Cocinaba y preparaba dulces y postres caseros -leche quemada, crema de canela, zapallo glaseado- y a veces horneaba tortas dulces para el mate de la nochecita.
Una mañana, cuando su rostro ya se había compuesto, da Silva vino por ella y jamás volvimos a verla en la chacra.
En agosto parieron las ovejas y a finales de setiembre las chanchas dieron a luz 14 lechones. Unas 20 gallinas andaban con camadas de entre doce y quince pollitos variopintos. Montero aprovechó el buen clima para plantar y acomodar la quinta y da Silva se mostró verdaderamente complacido: por fin la chacra comenzaba a devolver -ojalá con creces- parte de la inversión que había representado para su economía. Desde hacía más de un año las ganancias de su comercio en la ciudad las venía destinando, casi en su totalidad, a este emprendimiento; ya apremiaba el tiempo de invertir los roles y poner las riquezas de la tierra a disposición de la ciudad.
Con las fuerzas renovadas por el promisorio éxito de la chacra, da Silva se entusiasmó sobremanera y comenzó a viajar casi a diario. Llevaba ración para los pollos aunque había decenas de bolsas de maíz quebrado en la caseta; compraba al paso, en una pequeña dulcería, enormes terrinas llenas con desperdicios de membrillo para los cerdillos; también llevaba vino, frutas y fiambre para Montero, y en una ocasión hasta le regaló un queso fresco que compró en un tambo vecino.
Semejante empeño de parte de da Silva no obstante, hacía que Montero se sintiera compelido a trabajar en serio y con diligencia porque las atenciones con que lo agasajaba multiplicaban la presión que su sola presencia ya imponía.
A mediados de diciembre da Silva hizo carnear a Jorge, el novillo. Una labor en apariencia sencilla pero que luego acabó poniéndose muy tensa. El problema surgió porque Montero no alcanzó a rajar el corazón de la bestia en la primera puñalada y da Silva, nervioso por los balidos y porque el animal, a pesar de las puñaladas, no caía, decidió acabar el asunto colándole una bala entre los ojos. El capataz, viejo baqueano en la faena de vacas y ovejas se indignó por la intromisión del patrón y se encocoró. Pero alcanzó a contenerse, se guardó el disgusto y se abocó a la carneada sin chistar.
Nunca supe si da Silva tenía permiso para vender carne en su despensa de la ciudad, pero el éxito de Jorge fue total: su carne se vendió en menos de una mañana, incluidas las achuras. Así que la semana siguiente, cuando sólo faltaban dos días para navidad, da Silva hizo llegar, por intermedio de Pepe, su mano derecha -a quién tenía la confianza suficiente como para dejarle a bien su propia camioneta-, la orden de tener listos para la mañana del día siguiente, quince corderos y dos lechones.
Jamás me incomodó presenciar la degollina de ovejas, tal vez porque es ésta una empresa silenciosa, tal vez porque desde muy pequeño me acostumbré a ver a mi padre hacerlo en mi propia casa. El caso es que para mí era algo cotidiano y colaborar con Montero en esto fue algo de lo más natural. Sabía manear ovejas -las patas delanteras junto a una de las traseras-. Así que eso fue lo que hice. Luego se las transporté en carretilla desde el potrero hasta el carneador, donde él se encargó del resto. Terminamos antes de lo que teníamos previsto, así que aprovechamos para refrescarnos en el arroyo.
Cuando volvimos, encendimos el fogón y colocamos directamente sobre las llamas un enorme tacho que después llenamos con agua y marchamos para el chiquero. Elegimos al mejor y más gordo de los lechones, que por entonces rondaban los diez, doce kilos y yo lo tomé entre mis brazos apretando tan fuerte como pude: esto sí era una novedad.
Me llevó algún tiempo lograr que el animal se quedara más o menos inmóvil. Cuando al fin lo conseguí, Montero colocó el cuchillo en posición perpendicular al pecho y lo enterró con fuerza. El cerdo soltó un chillido intolerable, agudo y largo; y después siguió chillando y sacudiéndose con la misma fuerza que antes a pesar de estar herido de muerte. No sé con exactitud cuánto tiempo transcurrió hasta que el cerdo por fin dejó de chillar, pero los oídos me zumbaban, me sudaban las manos -o tal vez era sangre, no lo sé- y me sentía tan asqueado y nauseabundo que no podía con mi estómago. Sin embargo, no dije nada; me encontraba demasiado atento a la imagen que me devolvía el charco que se había formado a mis pies como para fijarme en otra cosa. El agua bullía dentro del tacho. Montero aupó al cerdillo como si fuera un niño, lo cargó hasta el fogón y lo soltó dentro. Pero entonces el bicho se revolvió y comenzó a chillar de nuevo. Incrédulo, miré a Montero, como en busca de una explicación, pero éste no me devolvió la mirada; creo que se encontraba tan absorto como yo. En mi vida había visto un animal sufrir tanto antes de morir.
Por lo demás todo salió bien: la víspera de Navidad por la mañana Pepe recogió los corderos y los lechones y Montero yo jamás volvimos a repasar el triste suceso del día anterior.
A la mediatarde el sol cocía la tierra y Montero cavilaba sentado a lo indio en la puerta de su caseta. Sin embargo, de un momento a otro, se irguió como un loco y desapareció en el interior de la pieza. Regresó unos instantes después con cuatro cajones de madera y marchó rumbo a la quinta. Aquello era extraño ya que Pepe no había dicho nada acerca de arrancar algo, pero no quise preguntar; tal vez da Silva había manifestado esa voluntad en otra ocasión.
Me acerqué a la verja para ver si precisaba ayuda pero ni bien me vio, me ordenó en tono severo que volviera a donde estaba, o mejor, que me marchara. Opté por lo primero y me planté bajo la fronda de la anacahuita con un pastillo entre los dientes a observarlo trabajar. Pequeño y enjuto, Montero tenía las carnes muy pegadas al hueso; su calva lustrosa de sudor, resplandecía bajo el solazo y la camiseta de algodón traslucía la piel del torso ensopado. Calzaba, como siempre, una viejas bombachas caquis y botas de montar sin espuela.
Cuando tres de las planchas estuvieron rebosantes de los más verdes zapallitos y la cuarta, taponada de frutillas, las colocó a la sombra de la anacahuita, a pocos centímetros de donde yo me encontraba. Luego fue al gallinero y recogió cinco docenas de huevos y las acomodó en dos cartones. Después arrojó maíz quebrado sobre sus pies y todas las gallinas y pollos se aglomeraron a su alrededor. Eligió, casi con cuidado, a cuatro pollos flacos y, de a uno por vez, los fue tomando por el pescuezo; al cabo dos o tres diestras vueltas por el aire, los soltó para que murieran a su antojo.
Una vez terminado el asunto, los desplumó, les quitó los menudos -que arrojó a los cerdos-, los metió dentro de una bolsa de arpillera humedecida con agua de pozo y los acomodó sobre los zapallitos. Después trajo la yegua, le colocó la brida y volvió a partir en busca, supongo, del carro de pértigo. Voy a saldar cuentas con tu padre, me dijo mientras se marchaba.
Pero en ese momento escuchamos una camioneta. No podía ser da Silva, era víspera de Navidad y el comercio sin duda estallaba de gente. Pero el runrún no dejaba lugar a dudas: era la C10. Montero apresurose a ocultar el botín, pero en el atropello lo mejor que se le ocurrió fue cubrir la pequeña montaña de cosas con más bolsas de arpillera. Después, me obligó a marcharme. Pero sólo lo simulé; cuando me perdió de vista, volví y me oculté detrás del seto para espiar.
La camioneta de da Silva estacionó cerca de la anacahuita y descendió de ella un hombre flaco y esbelto: era Pepe. ¿Cómo anda José?, comentó Montero, fingiendo que volvía de alimentar a los cerdos. Éste contestó con un leve movimiento de la cabeza y sin perder más tiempo pasó explicar lo que lo llevaba por allí: al parecer, los lechones que habían llevado esa mañana, para asarlos y venderlos al quilo, se quemaron por descuido y para no quedar malparado con los clientes que tenían su porción reservada, da Silva mandaba la orden de llevar lo antes posible, dos nuevos lechones.
Montero, mostrándose más dispuesto que nunca, se afanó por organizar los enseres necesarios para la labor; y yo, por supuesto, me marché.
Al día siguiente mis padres y yo íbamos a la casa de un hermano suyo, el Tío Mirasón. Mientras organizaban la camioneta para el viaje, corrí hasta la chacra para saludar a Montero. Le llevaba una botella de vino. Unos metros antes de llegar a la casa escuché una fuerte discusión entre éste y da Silva. El tono y los ánimos eran tan ardorosos que no me atreví siquiera a chistar. Fue la última vez que pisé la chacra. Da Silva despidió a Montero y acusó a mi padre de ser cómplice del robo que éste planeaba. Fue lo que argumentó también para no asumir la deuda que Montero tenía en nuestro boliche y que él había avalado; deuda que a la sazón ascendía a casi cuatro mil pesos. Y como para cerrar el asunto sentenció: ¡Jódase don Suárez por haber salido de referencia para semejante badulaque!
Pasaron varios meses, casi un año. Da Silva se deshizo de la chacra y nunca más volvimos a verlo por Zanjas Coloradas. Luego pasó otro año y una buena mañana de principios de diciembre Montero apareció como si se hubiese marchado nada más ayer. Yo volvía del liceo cuando lo vi, acodado al mostrador del boliche, con una cerveza de tres cuartos en la mano y una gran sonrisa en el rostro. Su apariencia era distinta: chambergo recién comprado, botas con espuela. Lo saludé de pasada; él miró, sonrió apenas y se tocó el ala del sombrero. Sin duda me tomaba ahora por un hombre. La conversa entre él y mi padre duró hasta que cerró el boliche; desde el fondo podía oír sus gritos y carcajadas. Esa noche mi padre me contó que Montero, luego de que da Silva lo despidiera, le interpuso una demanda laboral en la que reclamaba todos los beneficios que no le había pagado cuando trabajó como capataz: salario adecuado por trabajos de tiempo completo, más aguinaldos y licencia generados y no gozados, más compensaciones, intereses y quién sabe qué más. La demanda fue un mero trámite ya que lo único que había que demostrar era que el tiempo que Montero aseguraba haber trabajado allí fuese realmente tal, y para ello alcanzó con el testimonio de dos vecinos que declararon como testigos. La liquidación final fue de más cincuenta mil pesos. Creo que en el fondo mi padre jamás pensó que Montero iba a poder saldar su deuda con él, y encima iba a gastar antes de irse, otros de dos mil pesos más en mercadería para llevar.
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